lunes, 15 de febrero de 2016

El viaje de Martín

Martín no había dormido bien esa noche. Generalmente se quedaba profundo a los pocos minutos de recostarse —a menos que algo le causara ansiedad—. Y el problema radicaba en que nada, nada lo hacia sentirse más ansioso, que la víspera de un viaje.

Y no era que los viajes le suponieran una gran responsabilidad. En todos los casos, Jorge, el mayordomo, coordinaba la logística y lo ayudaba a prepararse; Rosa, su ama de llaves, se encargaba de alistar su equipaje y de cuidar su fino paladar; mientras que Héctor, su chófer, lo llevaba puerta a puerta hacia su destino, y de regreso a casa. Por lo tanto, la labor de Martín en cada una de esas travesías, se limitaba únicamente a hacer acto de presencia y a socializar.

¿Por qué los viajes le causaban ansiedad entonces?

Porque para él, cada traslado —por más breve o temporal que fuera— representaba un cambio, y Martín era un personaje de costumbres. Detestaba salir de su casa, y las multitudes lo hacían sentir incómodo. Aparte, le daba igual que la gente lo tildara de ermitaño. Pero sabía que era su deber asistir a esas visitas como señor de la casa.

En noches como aquellas, todo lo desvelaba. Cada vez que cerraba los ojos, las luces de los vehículos, que cruzaban raudos por la calle frente a su habitación, entraban por la ventana y causaban juegos de sombras que lo desconcentraban. No importaba si dormía boca arriba, de bruces contra su cama, o incluso de costado —dándole la espalda al rosetón—, ya que de cualquier forma, los resplandores recorrían la pared y el techo casi de extremo a extremo. Por otro lado, si intentaba meter la cabeza bajo la almohada, se sentía asfixiado y tampoco podía conciliar el sueño. Hubiera podido cambiarse de cuarto, pero ya había probado otros lugares de la casa y no estaba dispuesto a reubicarse de nuevo. Ese sitio tenía la temperatura y el espacio perfecto, y ya hablábamos que a Martín le disgustaba salir de la rutina. Así que esa noche, la pasó dormitando de manera intermitente.

En la mañana, su mayordomo entró al cuarto a levantarlo, y lo encontró despierto.

Me da la impresión que el señor no pudo descansar anoche —dijo Jorge, solemne—. Podría apostar que es por lo del viaje. ¿Estoy en lo correcto?

Martín no contestó, pero parpadeó con ojos cansados.

—Veo que tengo razón. Si no es impertinencia serle sincero, Señor, a mi tampoco me emociona salir de la casa. Pero qué se le va a hacer... —Jorge suspiró, y luego movió la cabeza, como espantando las ideas que se le venían a la mente—. ¿Desea que le traiga ya su desayuno?

Martín hizo un ligero ademán de aprobación con la cabeza.

En un momento se lo hago llegar, Señor.

Martín se aprestó a tomar el desayuno en su habitación, como todos los días, e hizo venir a Rosa. Al igual que Jorge, Rosa no se encontraba muy emocionada con los eventos del día.

Le preparé su plato favorito, Señor. Procure no comer muy rápido, ya sabe que le da indigestión cuando no lo hace con calma…

Si Martín escuchaba a una persona, era a Rosa. Ella había sido prácticamente su nana, y ahora, ya teniendo ambos varios años a cuestas, la quería como un hijo querría a su madre, siendo este un sentimiento recíproco. Así que Martín desayunó siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, y terminó sin prisa.

Después de que recogieron los trastes, Martín se preparó para partir. Jorge lo ayudó a subir al auto y luego se sentó al lado del chófer, mientras Rosa los veía desde el pórtico. De repente ella rompió en llanto, y se metió dentro de la casa. Martín no entendió lo que pasaba, y volteó a mirar a Jorge, pidiéndole explicaciones.

Despreocúpese, Señor. Ya usted sabe que Rosa suele emocionarse más de la cuenta.

Se pusieron en marcha, y Martín notó que su chófer manejaba con rostro lúgubre. Sí, en efecto, Héctor era un hombre de pocas palabras, pero ese día su actitud era un poco más sombría que de costumbre. Martín no le dio importancia. De todas formas, aunque lo apreciaba a su manera, siempre había asociado a Héctor con salir de su casa —y con algunas otras cosas que le disgustaban—, y eso había creado una barrera entre ellos desde el principio. El recorrido transcurrió en silencio —con excepción de un par de instrucciones que Jorge le dio a Héctor.

Martín llegó a su destino. Por lo general, las clínicas le traían sentimientos encontrados. Odiaba el olor a desinfectante, a medicamentos, a enfermedad. Pero tenía claro que siempre salía mejor que como entraba, y esperaba que esta vez ocurriera igual. 

Recorrieron un pasillo lleno de luces fluorescentes. Eran tantas, que Martín se sorprendió al no ver sombras. Incluso la suya era casi imperceptible. Finalmente llegaron al consultorio, y se encontraron con un doctor de mirada amable. El tapabocas no le permitía reconocer sus facciones, pero su perfume se le hacía familiar. Eso lo hizo sentirse algo más cómodo. Martín entró con Jorge, mientras que Héctor se quedó fuera.

Ya en el consultorio, el doctor cruzó algunas palabras con el mayordomo, y luego ayudaron a Martín a recostarse en la camilla. La inyección que le aplicaron sólo le hizo sentir un ligero pinchazo. Nada que no hubiera sentido antes. Lo que si notó, fue que la ansiedad que había experimentado durante toda esa semana, se le calmaba de pronto. Había funcionado.

Martín tuvo una buena vida, Don Jorge. Normalmente estas razas no pasan de los 10 años, y aquí nuestro amigo llegó a los 12 —dijo el veterinario con serenidad.

Tiene razón, Doctor —contestó Jorge, mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo—. Creo que el animalito disfrutó su vida. Al fin y al cabo, Martín siempre fue el señor de la casa.

jueves, 3 de diciembre de 2015

De cómo el Procurador se robó la Navidad


Hace tiempo (y no es invento),
vivió la estrella de nuestro cuento.
La bella Colombia fue el lugar,
donde el Procurador quiso predicar.

A todo el que allí vivía,
éste escrupuloso ser jodía.

No reía, siempre amargado,
solía andar muy enojado.

Las expresiones públicas del amor,
—como besos en la calle darse—,
a nuestro inoportuno abogado,
¡Sí que le hacían enfadarse!

A los gay, sin excepción,
odiaba el hombre de corazón,
y entre ellos, la adopción,
parecíale una perversión.

La cuestión de la eutanasia,
la contracepción o el aborto, 
tampoco le caían en gracia.
¡Le hacían doler el orto!.

Por otra parte, al Procurador,
le encantaban las corridas;
el martirio del toro y su dolor,
le daban inmensas delicias.

También lo satisfacía
asistir a misas en latín,
las cuales siempre atendía,
desde el principio hasta el fin.

Y no se diga de las quemas,
de libros en su juventud:
"El conocimiento da problemas,
y se opone a la virtud"

Un diciembre, el muy porfiado
en víspera de Nochebuena,
sintiose de lo más malvado

y quiso hacer un anatema:

"Aplicaremos entonces leyes
heredadas del siglo dieciséis,
con eso la moral se compone
y la sociedad mejora, ya veréis".

"Las mujeres deberán llegar
vírgenes al matrimonio,
y si tienen sexo antes, 
que se las lleve el demonio"

"Masturbarse, hasta en privado,
será motivo de sanción,
por un cilicio será reemplazado 
¡Qué delicia!, ¡Qué emoción!"

"Las parejas habrán de tener
los hijos que Dios mande,
así no tengan que comer
y los niños pasen hambre"

"Los huérfanos serán adoptados
sólo por padre y madre,
es la mejor forma que la iglesia
siga siendo algo rentable"

"A las lesbianas y maricas
les arrebataremos sus hijos,
los adoptarán parejas ricas
—las que tengan crucifijos—"

En medio de su diatriba
lo sorprendió su nietecito,
mirándolo de abajo a arriba
lo tocó con su manito:

"Abuelito no hagas eso
de mi madre no me alejes, 
me haría falta, lo confieso
la ruptura no festejes".

"Está tranquilo, pequeñuelo"
Contestó el Procurador. 
"Que la ley aplica al pueblo,
No a la familia del censor."

"Mi hija es gran persona,
nada a ustedes separará.
Ella podrá ser maricona,
pero es la mejor mamá"

El niño feliz quedó,
Y a su cuarto fue a dormir. 
Mientras tanto que el abuelo
terminaba con su urdir.

"Y la religión católica
al gobierno inundará.
¡Muerte a la patria laica
y al socialismo en Bogotá!"

Volvió a su cama sombría

a esperar la Navidad.
El sueño le acudía,
lo llenaba el bienestar.

"Parejas gay ya no habrían,
tampoco transexualidad,
hijos ellos no tendrían,
mucho menos felicidad"

Pero en eso un murmullo oyó:
"¿La alegría en mi pared resuena?"
A su vecino gay escuchó.

"¿Están cantando la novena?"

El Procurador no se equivocó: 
eran risas y cantos de gozo...

Su vecino a todos reunió
¡Celebraban con alborozo!

El anciano entendía poco:
Sin casarse y sin adoptar,
Este tipo, extraño y loco,
¡tenía el poder de amar!.

Así, la felicidad no estaba en las normas
ni en las manos del Procurador las formas
de hacer que los Colombianos

se comportaran como hermanos.

El Procurador así lo entendió

y desechó sus tabúes con prisa,

Dejar de joder decidió;
y en mil caras brotó una sonrisa.


Lo bueno de esta lección,
es que cambió su punto de vista.
Siguió sin dudar su corazón,
¡Y se volvió transformista!.


jueves, 10 de septiembre de 2015

Un tomate y dos pepinos

En medio de una animada conversación, una amiga me propuso el reto de escribir un cuento "bajo demanda". Con un argumento un poco loco, algo como "un tomate y dos pepinos". Así que como diría el célebre Barney Stinson:






Un tomate y dos pepinos.


Faltaban escasas horas para que despuntara el alba. Y todo lo que quedaba en las canastillas del supermercado, en el pasillo de las verduras, eran un tomate y dos pepinos.

Y no es que los hubieran dejado allí por encontrarse demasiado maduros o a punto de podrirse, no. El tomate aún tenía la piel brillante y de un color carmesí intenso. Resaltaba tanto, que daban ganas de morderlo. El par de cohombros también ostentaban un matiz vivo, verde aceitunado. Sin embargo, las canastillas compartían el mismo tono verdoso, por lo que los pepinos se perdían de vista si se miraba desde lejos.

—No debería de estar aquí —comentó el primer pepino, de formas rectas y cuerpo abultado.

—¿Te refieres al tomate? —replicó el segundo pepino, más esbelto y de silueta encorvada.

—¿De quién más estaría hablando, si no de él? —contestó bruscamente el primer pepino—. Éste es el estante de las verduras. Y el tomate es una fruta.

—Estás loco, Gordo. El tomate es una verdura. Se lo agregan a las ensaladas, y lo vuelven salsa para comidas de sal. Además no veo que preparen "helado de tomate". ¿O sí?

—Eso no me parece una explicación válida, Pepe. Uno ve que le ponen fruta a ensaladas de verduras, e incluso, que usan frutos rojos en la preparación de salsas para carne. Es lo que llaman la nouvelle cousine, mi amigo.

—¿Y qué sabe un pepino de cocina europea?

—Pues lo oí de una compradora francesa que vino esta mañana. Puedes aprender mucho de los clientes que vienen, si pones algo de atención.

—Bueno, podrás saber de cocina… como se llame. Pero eso no implica que sepas con certeza si el tomate es una verdura o una fruta.

—En China le agregan tomate a las ensaladas de frutas. En España, lo vuelven mermelada. En Estados Unidos hacen jugo…

—¿Y me imagino que eso lo oíste de un cliente chino, uno español, y uno gringo?

—Exactamente.

—¿Y todos hablaban de tomates precisamente cuando pasaban por acá?

—Estamos al lado de ellos. "La ocasión la pintan calva", dicen por ahí.

—¿De dónde carajo aprendes tantas cosas, Gordo?

—Ya te dije, Pepe, de los clientes. Es genial que venga tanto extranjero a este supermercado.

—¿Te das cuenta que si los tomates fueran una fruta, como tu afirmas, estarían al otro lado, en el corredor de las frutas, y no habrías oído a toda esa gente hablar de tomates?

—¡Vaya! —exclamó Gordo—. ¡Es el primer comentario inteligente que haces!

—Que no pare oreja a todo lo que dicen los compradores, no quiere decir que no haga buenos análisis —contestó Pepe, orgulloso.

—Entonces, analiza esto. Los tomates son frutas, porque los pueden recoger verdes, y al madurar, se ponen rojos y dulces. Nosotros somos verduras, porque en lugar de madurar y cambiar de color, nos podrimos.

—El coco es una fruta, y no cambia de color.

—Bueno —por primera vez Gordo se mostró algo vacilante—, pueden haber ciertas excepciones…

—¿Y cómo sabes que el tomate no es una excepción? Si hay frutas que no maduran, como el coco, ¿por qué no habría de haber verduras que maduran?

Gordo se quedó sin palabras por un momento.

—Pues tú eres una verdura bastante inmadura por cierto.

—No es inmadurez, es escepticismo —aclaró Pepe.

—¿Entonces no vas a aceptar que el Tomate es una fruta?

—No. Para mí es una verdura igual que nosotros. Por algo los del súper la pusieron en nuestro pasillo…

La discusión continuó hasta el amanecer, todo seguido por el oído atento del Tomate, el cual no dejó escapar una sola palabra.

«Y pensar que los pepinos también son una fruta» —se dijo a sí mismo el Tomate.

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Espero que les haya gustado. Si no... me importa un pepino. Jajajaja

Si le gustó, y desea que escriba un cuento bajo demanda, puede proponer el tema en los comentarios.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

¿Cuándo vamos a aprender? La democracia no sirve

Inicio con esta frase de Homero —el gringo, no el griego—, aclarando que desde mi perspectiva, el problema de la democracia no está en sus procesos, sino en las decisiones que toma la gente que la compone: las llamadas "mayorías".

Usted dirá: "pero yo pertenezco a las mayorías, y generalmente tomo buenas decisiones". Tiene razón… en parte. Sí, usted, que está leyendo este blog, suele hacer sus elecciones inteligentemente. Pero resulta que usted y yo, no pertenecemos a la mayoría.

Nosotros los que leemos —y analizamos— las noticias, los que buscamos diferentes puntos de vista —y podemos reajustarlos si los hechos lo ameritan—, los que nos mantenemos informados —no solamente de lo que ocurre aquí en Colombia sino también de lo de afuera—, los que "posteamos" nuestras opiniones en redes sociales… Nosotros no somos la mayoría. Somos la minoría.

LA MAYORÍA 

La "mayoría" es la gente que vende un voto por un tamal. La "mayoría" es esa señora que sale a la calle, embarazada y con otros tres hijos —de diferentes papás—, a quejarse ante el reportero "porque el gobierno no me ayuda". La "mayoría" es el señor que arma una casa de invasión a la vera de un arroyo, y que cuando se la lleva un alud, le echa la culpa al presidente de turno y espera a que el estado lo reubique. 

Lo anterior suena bastante obvio —en últimas es lo más evidente—. Pero hay más. La "mayoría" también está compuesta por la gente que sólo pone selfies en el Facebook y no tiene un comentario o publicación realmente interesante. La "mayoría" es la gente que sólo lee revistas de farándula y le parecen aburridos todos los artículos o editoriales que expresen una opinión. La "mayoría" es la gente que vota porque el candidato le cae bien, pero no tiene ni idea de sus antecedentes o de su plan de gobierno.

Y si. Aunque les duela a algunos, la "mayoría", también es la persona que se va a los extremos, la que ignora o contradice cualquier hecho que sea incompatible con su línea de pensamiento, así sea un hecho probado. Si usted es de los que ve a los personajes de la política como los protagonistas de los cómics de antaño —con villanos claramente malos, y superhéroes completamente buenos e inmaculados— usted es la mayoría. La política no es así de fácil. Las elecciones no son entre Supermán y Lex Luthor, donde la decisión es clara, y los personajes se pueden ver en blanco y negro.

A que me refiero con ver la vida en blanco y negro?

  • El que defiende a Uribe como un mesías, ignorando la corrupción, los vínculos con el paramilitarismo, y los falsos positivos habidos en su gobierno. 
  • El que compara a Uribe con Hitler y afirma que fue el peor presidente que ha tenido Colombia, negando que en su gobierno la guerrilla se debilitó, y la confianza inversionista regresó. 
  • El que se ensaña en el hecho que Petro es un ex-guerrillero, que no ha hecho absolutamente nada, omitiendo sus logros en reducción de pobreza, y en protección ambiental.
  • El que dice que Petro hay que reelegirlo, obviando el hecho de que fue un desastre como administrador, que mucha gente no lo quiere, y que la inseguridad en su mandato se disparó. 


Considero que la gente que piensa así, desafortunadamente, también es la mayoría. Yo en cambio, veo el mundo en escalas de grises, y creo que la verdad suele estar en el medio. Ambos hicieron cosas buenas, ambos hicieron cosas malas. Y lamentablemente, a falta de candidatos ejemplares, las elecciones se han convertido en una competencia para escoger el mal menor.

Si usted llegó a este punto del artículo y aún no quiere insultarme (ya sea porque le ofendí a Uribe, o a Petro, o porque le ofendí a ambos, o porque no le ofendí a ninguno), seguramente usted hace parte de la triste, corta, y exigua minoría de este país.

Estimado compañero de la minoría. No le tengo buenas noticias. Somos pocos, y la gleba insurrecta en este país es mucha. A la fecha, nadie ha encontrado una opción mejor a la democracia. Ya lo dijo Sir Winston Churchill:

"La democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás". 

No nos queda sino confiar en que en las próximas elecciones el país elija a alguien que no nos termine de desbaratar lo que nos queda. Yo todavía no se por quién votar, pero escucho sugerencias. Al fin y al cabo, usted es de la minoría, por lo que su opinión es muy valiosa para mí.

Los dejo con una frase de Kodos —uno de los extraterrestres de Los Simpson—, que resume en unas pocas palabras mi opinión sobre la política actual:


"Da lo mismo por quién voten, de todas maneras su planeta está condenaaado… BIEEEN CONDENAAADO!"

viernes, 24 de julio de 2015

¿Un Gym?¿Qué es un Gym? Ah, un GYM


Los que me conocen saben que a mí nunca me ha gustado el ejercicio. En principio, no me produce ningún placer —creo que estoy negado en el tema de producción de endorfinas o de adrenalina—; y aparte los deportes se me hacen aburridísimos —con gusto cambiaría los veinte canales deportivos que tengo, por un History 2—.

Tal vez todo surge de mi aversión hacia las clases de educación física. Causada por dos hechos principales: primero, que era malo, malísimo para practicar deportes; y segundo, que las clases estaban mal enfocadas. Sí, seguramente, a usted también le iba regular… pero créame… nunca fue tan malo como yo.

Yo siempre era el último entre los últimos: el último en ser escogido para el equipo —incluso si el número de estudiantes era impar y yo daba una ventaja extra en la cantidad de jugadores— el ultimo en las carreras de velocidad, el último en las de resistencia, etc. Cuando había que hacer "ventiuna" con el balón, yo hacia "una". Cuando tocaba ejercitarse en barras, mi barbilla no alcanzaba la barra ni la primera vez. Fallaba incluso siendo el recogebolas.

Esa situación cambió, cuando entró a la clase un compañero que tenia asma y algo de sobrepeso. Yo aún llegaba de último en las carreras, pero al menos la final entre los dos era de foto finish. Lo malo es que él tenía excusa, yo no. 


Consecuentemente, mis notas en esa materia no eran de mostrar, y eran aún más deprimentes cuando la forma de evaluación cambió de números a logros:

"Las habilidades motoras del estudiante son deficientes"
"El estudiante muestra falta de coordinación en ejercicios aeróbicos"

La cosa fue tan grave, que perdí educación física en décimo, y no me vine a dar cuenta sino un año después: dos días antes de la graduación de bachiller. Y no es que hubiera perdido por fallas —siempre asistí puntualmente—, sino por verdadera falta de habilidad para el deporte. La principal razón por la que me pude graduar —aparte de ser el tercer puesto de la clase—, fue porque al profesor le pareció absurdo que alguien perdiera esa materia, y me pasó a último momento.

Hablaba antes de clases mal enfocadas, porque para los que no éramos competitivos físicamente, las clases caían en un círculo vicioso. Eres regular, no te va bien, no te gusta, te desanimas, entonces haces menos ejercicio, y por lo tanto pasas de regular a malo… y así vuelve el ciclo. En comparación con los demás, uno siempre era el más lento o el más débil, y por lo tanto la mejora —si la había— no se notaba. 

Esa es una de las pocas razones por las que el gimnasio no me parece del todo malo. Al menos allí la competencia es contra uno mismo —uno percibe las mejoras cuando es capaz de permanecer un par de minutos más trotando, o cuando puede levantar un poco más de peso, o cuando puede hacer más repeticiones—. Es más fácil de medir.

Además, cuando uno pasa de los treinta, es cuando el cuerpo le cobra a uno la falta de ejercicio. "Musculo que no se usa, se atrofia" decían, y uno no ponía cuidado. Pero de hecho, no solo pasa con los músculos, sino con los huesos y las articulaciones. En tres años de sedentarismo intenso, siento que mi cuerpo envejeció otros treinta años.

Por lo tanto, me inscribí en un gimnasio. Otra vez. Hace unos años lo había hecho, y los resultados fueron bárbaros —bajé casi 12 kilos en 6 meses, y mejoré mi estado físico significativamente—, sin embargo lograr la meta redujo la motivación, por lo que volví al sedentarismo.

Naturalmente, hay que hacerse la revisión medica, para evaluar cuáles ejercicios se pueden hacer, y cuales no.

—Le recomiendo que no haga posturas de yoga, como la postura de la "vela" —me dice el doctor—. Puede causarle lesiones en el cuello.

—¿Qué le hace pensar que voy a pasar de la postura "recostado en el sofá" a "pararme en la cabeza"? —le contesté—.

—Lo decía sólo por precaución.

Entonces ve uno la valoración del deportólogo, y recuerda los logros del colegio:

"El paciente muestra estabilidad del tronco (core) deficiente"
"El paciente debe evitar ejercicios que involucren saltos o giros"

Afortunadamente el médico no me revisó la coordinación, o si no habría sido un logro menos. Sin embargo la mayoría de ejercicios que me programaron son los que le pondrían a una persona de edad madura, y no a un "joven" de 33 años: fortalecimientos, estiramientos... nada de impacto. Pero siendo optimista... al menos puedo hacer ejercicio.

Lo cierto es que escribo estas líneas luego de mi primer día de "Gym". Próximamente les estaré contando como me va. Eso sí, ¡ya empiezo a ver resultados *!


* El producto puede diferir de la imagen mostrada



jueves, 16 de julio de 2015

Cuando me aburro invento otra película… es que tengo poca concentración

Hace unos días hablaba de lo complicado de ir a cine en los 80's: la silletería no era numerada —así que uno debía llegar un par de horas antes de la función—; la oferta de películas era mínima —no proyectaban más de dos películas al mes—; y las filas solían darle la vuelta al centro comercial —eran más largas que las colas en Transmilenio—.

Y a eso súmele la experiencia por la que teníamos que pasar algunos… IR A CINE SOLO:

Ustedes no se imaginan lo traumático que es para un niño de 12 años ir a verse una película como "El Rey León" en solitario. No solamente me tocó un puesto incómodo —porque así uno llegara temprano, los que iban emparejados hacían dos filas al tiempo: el uno iba a la cola de las boletas, y la otra a la cola de ingreso—, sino que tuve que ver como moría Mufasa sin contar con el apoyo moral de alguien más; con el agravante de que terminé con tortícolis.


Aunque el plan de cine es mi favorito —y ahora siempre voy acompañado—, eso no quiere decir que el proceso se haya convertido en un paraíso. Hoy en día pasan tantas películas, que por lo general la mitad son malas. La estructura del negocio cambió tanto, que lo que les da más plata a los Multiplex no es la proyección de películas, sino la venta de comida en la confitería —y por ende la gente parece que va es a comer y no a cine— . Y finalmente, la cultura del Colombiano en cine a veces deja mucho que desear.

Permítame desglosar la aventura de ver películas en la actualidad, parte por parte:


LA FILA:

Está la pareja que empieza a decidir qué película va a ver, cuando ya ha llegado a la taquilla: —Gordo, llame a Danielita, a ver si sí se quiere ver esa.

Está la pareja que usa 4 medios de pago distintos para cancelar las tarjetas: —Yo pago una boleta con puntos, la otra con lo que queda de saldo y estos dos mil pesitos, y la tercera con la tarjeta de crédito.

Está la pareja a la que no le gusta nada: —Ay no, esa no, que es subtitulada y toca leer, que pereza. —Ay no, esa no, que nos toca muy cerca. —Ay no, esa no, que yo la quiero ver es en 3D.


LA CONFITERÍA:

Cuando pienso que en un supermercado la libra de maíz pira vale 3.000 pesos, y 3 litros de Gaseosa valen 4.000 pesos, me parece que es un atraco que en la confitería cobren 11.000 pesos por un balde de crispetas, y 5.000 pesos por el vaso de gaseosa. He dicho.


LA UBICADA:

Pese a que la numeración de las sillas es lo más simple del mundo, siempre hay un par de despistados que no logran ubicarse en su asiento, y aparte de todo pelean cuando uno se queja. Y si no es eso, es el grupo que llega tarde y hace toda la bulla del mundo posible, aunque ya haya iniciado la proyección.

LOS TRAILERS:


A mí me encantan los cortos. Pero cuando son 20 minutos de trailers intercalados con comerciales a todo volumen, y siempre repiten el mismo, uno se harta —o si no dígame cuantas veces tuvo que ver el corto de la "La familia Bélier"—.


EL CORTOMETRAJE:

Es sencillo. El cortometraje no lo exhiben por bueno, sino porque exhibirlo es un compromiso que tienen las empresas con el gobierno —es como pasar el Himno Nacional a las 6 de la tarde—. Así que por lo general, el cortometraje no le gusta ni a la mamá del que lo filmó —con excepción del corto de los Abuelitos y la cámara, que me parece una belleza—.



LA PELÍCULA:

Ahí empieza lo bueno. A mi casi todas las películas me gustan, y siendo honestos, no me ha tocado vivir muchos inconvenientes durante las proyecciones —considerando que veo alrededor 30 películas por año en cine—. Pero siempre hay anécdotas por recordar:

El borracho en el estreno de Terminator 3. Sí. Había un borracho en el público, e hizo tanta bulla que a los quince minutos de empezar, entraron dos acomodadores y lo sacaron. Como nota aclaratoria: era un sábado a las 11 am.  No entiendo cómo está uno borracho a esa hora, y en cine.

La falla en Star Wars Episodio III. En medio del combate inicial —una de las escenas más impresionantes—, la proyección se paró. Afortunadamente, la volvieron a poner desde el principio.

Ver "Gohatto". Entramos a verla porque según los posters parecía una adaptación de una serie de manga —con peleas, espadas, y encarnada por actores reales—. Pero no. Imagine ver una versión de 50 sombras de Grey, representada por Samurais, todos hombres, y en japonés. Lo peor es que fuimos con otros 10 compañeros de la universidad. Al menos no fuimos con nuestros papás. 


EL FINAL:

Para cerrar los dejo con un fan art de la película "Mi pobre angelito" que encontré en internet —9gag para ser exactos—, y un argumento —traducido del inglés— cortesía del usuario "iamslavojzizek". Lástima que sea sólo una broma, porque me encantó la idea.


"MI POBRE ANGELITO: CAMINO AL PERDÓN"

Un Macaulay Culkin entrado en desgracia, es rastreado por Joe Pesci y Daniel Stern, quienes han salido recientemente de la carcel, y buscan redimirse y hacer las cosas bien. 

Poco saben ellos que Culkin se encuentra involucrado con malas compañías, y ahora el trío se encuentra atrapado en una vivienda abandonada, emplazada en el medio oeste, tratando de defenderse de los mafiosos que quieren cobrar la deuda de Culkin. ¡Ahora ellos tienen que trabajar juntos, y usar las trampas de la destartalada casa, por última vez! ¡Próximamente, en cines cerca de usted!

viernes, 3 de julio de 2015

Hoy en las noticias, cierta bebida ha resultado ser mortal. No les diremos cuál hasta después de los deportes.

¿Es usted de los que mira la tabla de información nutricional de los alimentos que consume? 

Me refiero a la tablita donde dice cuántas calorías tiene, y el porcentaje de valores diarios. ¡Qué amables y comedidas las industrias alimenticias, dándonos toda la información necesaria para que sepamos exactamente qué estamos consumiendo!

Pues resulta que ellos ocultan sistemáticamente uno de los datos más importantes, y en nuestras propias narices. Si no me cree, vaya, busque el primer paquete que encuentre —ojalá el de su alimento favorito—, y entre todos los porcentajes que salen, revise cuál es el porcentaje diario de azúcares.

¿Ya miró? ¿De cuánto es? 

¡Ahhhh! Dice los gramos, pero no el porcentaje, ¿cierto?

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¿Por qué muestran los porcentajes de absolutamente todo, menos de los azúcares?

Porque casi siempre el porcentaje es absurdamente alto, y es ese exceso de azúcar lo que causa la hermosa pancita que usted tanto se esfuerza por eliminar —aparte de otros problemas de salud menos visibles, pero más graves—. Como en todo plan de mercadeo, se resalta lo bueno y se oculta lo malo.

—Pero un poquito de azúcar de más no hace daño.

"Un poquito", cree usted. Pues revisemos los datos. El siguiente texto es un extracto de un reporte de la Organización Mundial de la Salud:

"La actual recomendación de la OMS, que data de 2002, es que el consumo de azúcares debe representar menos del 10% de la ingesta calórica total diaria. En el nuevo proyecto de directrices se formula la misma recomendación, pero además se indica que si la ingesta calórica total diaria se reduce a menos del 5% se obtendrán beneficios adicionales. Un 5% de la ingesta calórica total equivale a unos 25 gramos (aproximadamente 6 cucharadas de café) de azúcar al día para un adulto con un índice de masa corporal normal"
OMS, Ginebra, Marzo 5 de 2014.

25 gramos al día es la recomendación médica, mis estimados.

Ahora miremos los datos nutricionales de una Coca Cola —la de 600ml que casi todo el mundo compra—, para ver cuánto es "un poquito":


—Ah bueno… 21 gramos está incluso por debajo del recomendado.

Pero lea bien. "Porciones por envase: 3". Entonces esas cantidades no son las de toda la botella, sino de una tercera parte. ¡Ah!… viejos mañosos. No solamente ocultan el porcentaje, sino que hacen trucos para mostrar valores inferiores. 

Si fueran los datos de la botella completa, e indicando todos los porcentajes, los datos se verían algo así:


Y eso que el porcentaje se calcula sobre 50 gr/día, que es el máximo permitido. Si fuera el recomendado —25 gr/día— ese porcentaje sería el 252%. Y solamente por una botella. Dos botellas y ya se tomó el azúcar de la semana. Ni la difunta Celia Cruz tenía tanta azúcar en el cuerpo.


Lo más grave es, que a todas esas cosas "light" o "bajas en grasa" que usted compra, les agregan azúcar. ¿Por qué? Porque cuando usted le quita la grasa a un alimento, le quita sabor. Y la mejor forma de devolvérselo, es añadiendo azúcar. Eso no aporta nutrientes, ni vitaminas. Sólo da sabor, y aparte hace daño. 

Tómese un ratico para revisar los datos de las otras cosas procesadas —a las cuales les agregan azúcar—, que usted consume en el día. Los siguientes números corresponderían a una dieta "light": 

· Vaso de leche deslactosada y descremada, 250ml: Aprox 13 gr.
· Taza de cereal integral: Aprox 15 gr.
· Café negro con una cucharadita de azúcar: Aprox 5 gr.
· Galletas light: Aprox 7 gr.
· Jugo de naranja "con sabor natural" de 500ml: Aprox 45 gr.
· Tres cucharadas de salsa vinagreta para la ensalada: Aprox 4 gr. 
· Té con una cucharadita de azúcar: Aprox 5 gr.
· 2 tajadas de pan integral (tipo sandwich): Aprox 6gr.

Aún si usted hace que el resto de comidas que consume sean saludables y se preparen sin agregar azúcar —cosas como huevos, pollo, arroz, verduras, frutas—, y además no toma gaseosas ni postres; de todas formas usted se puede estar echando encima casi 100 gramos de azúcar al día. Agréguele un dulcecito, o una torta, y el número se puede duplicar.

Lo más triste es que son las cosas que usted creería que son más sanas —la leche, el cereal y el jugo embotellado— las que por sí solas se pasan del máximo diario.

Y mejor no le digo cuántos gramos de azúcar tiene un helado —primero porque me encanta, y segundo, porque de saberlo la mayoría de ustedes se desmaya y al resto se les daña el día—. Hay cosas en la vida que es mejor no saber.

La conclusión: Nadie le está diciendo que elimine el azúcar de la dieta. Solamente que lo modere, y que sepa lo que está consumiendo. De cualquier forma, todos sabemos que no se vive de ensalada.

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